- La Palabra de Dios, siempre vieja y siempre nueva es, además de actual, inmensamente rica y sugerente.
- Muchos son los temas que sugiere el Evangelio de hoy, pero mi atención ha quedado prendida en esa presentación de Jesús que hace Juan Bautista a sus discípulos: “Eh ahí el Cordero de Dios......”. Esta presentación de Jesús nos lleva de la mano a hablar del Sacrificio Eucarístico: en el, Cristo es la víctima, el verdadero Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
- En el pueblo elegido de Dios, Israel, la inmolación de un animal, de un ser vivo, constituía la forma más adecuada de honrar a Dios y de reparar por los pecados. La forma más perfecta de inmolación sería sacrificarse uno, en honor de Dios. Pero eso lo prohíbe el 5º Mandamiento. Por ello, el hombre sustituyó el propio sacrificio por el de un ser vivo, un animal y así expresaba su buena voluntad de anonadarse y reconocer la supremacía de Dios.
- Entre todos los animales el cordero fue la víctima más usual. En la Pascua judía, (en la que Cristo participó muchas veces), el sacrificio del cordero pascual constituía un momento culminante de la fiesta.
- Pero aquellos sacrificios, aunque agradables a Dios, no pasaban de ser una expresión de buena voluntad, ¡No tenían en sí capacidad para realizar lo que intentaban! Aunque, sin ellos intuirlo, el cordero iba a ser una imagen y figura del SACRIFICIO que instauraría Cristo, ya insinuado por el Profeta Malaquías, cuando profetizó que, llegada la plenitud de los tiempos: “ya no sería agradable a Dios más sacrificio que el de la hostia inmaculada”.
- Y esto es lo que Juan Bautista anuncia a sus discípulos señalando a Jesús: “Eh ahí el verdadero Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. ¡Lo que no podían lograr aquellos sacrificios de la Antigua Ley, lo va a realizar plenamente la inmolación en la cruz del Cordero Inmaculado, que es lo que, además, se renueva cada día en el Santo Sacrificio de la Misa.
- ¡Este Sacrificio sí que, realmente, quita los pecados del mundo! Y, a diferencia de aquellos sacrificios en los que, comiendo un poco de aquel cordero se hacían la ilusión de que, de alguna manera, participaban de la divinidad, en este.., ¡si que se da una verdadera participación y comemos realmente a Dios, de una manera inefable, maravillosa y misteriosa!
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