- Al escuchar este Evangelio del IV Domingo de Adviento, se puede tener la impresión de que se trata de un texto exclusivamente mariano. Sin embargo, esta escena, aunque en ella María juega un protagonismo, es una escena eminentemente Cristo céntrica. Podemos tener la misma sensación con la arraigada devoción popular del “Angelus”, que es una reproducción del Evangelio de hoy, en la que, sin embargo, Cristo es el principal protagonista.
La intención de la Iglesia, al presentarnos este Evangelio en vísperas de la Navidad, no es otra que, recordarnos el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.
La Iglesia con este Evangelio quiere explicarnos, hasta donde se puede, cómo se realiza este insondable Misterio, recogido en el mensaje del Arcángel San Gabriel en estos dos momentos:
1º) “No temas, Maria, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fín....
- Con estas insondables palabras el Señor nos explica cómo se realizó ese misterio del amor de Dios que fue su Encarnación:
- Dios se encarna en las entrañas de una mujer, María, para venir al mundo, como lo hacemos todos los hombres: naciendo de una mujer. “Concebirás y darás a luz un hijo”.
2º) “El Espíritu Santo vendrá sobre tí, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios”.
- Sin embargo, - puntualiza el Ángel- esta Encarnación se va a realizar de forma singular; sin intervención de varón, ya que va a ser obra del Espíritu Santo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti….”.
- Y, como el hecho era tan insólito de creer, para reafirmar la fe de María, el Ángel se remite a otro hecho extraordinario, que acaba de realizarse y que sólo puede ser posible por una especial intervención divina:
“Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible”.
P.Arenas
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