- El Señor se sirve de la fiesta que prepara un Rey para la Boda de su hijo, para poner de manifiesto los motivos que tenemos de “hacer fiesta” ya que, por la vocación cristiana, hemos sido invitados al gran festín del Reino de los Cielos.
- La imagen utilizada por el Señor no ha perdido actualidad. La Boda del hijo de un Rey sigue siendo un extraordinario acontecimiento social en el que, ser invitado, constituye un honor y un apreciado privilegio.
- Varias consideraciones nos quiere transmitir el Señor a través de su Parábola:
1ª) La ingratitud e indiferencia de muchos a su generosa invitación.
- Resulta chocante y llamativa aquella indiferencia de los invitados ante la indudable magnanimidad de aquel rey. ¿Cómo se explica esta actitud de desprecio? La única explicación que se podría dar es que, aquellos invitados, con su personal jerarquía de valores, estarían tan embebidos en sus propios asuntos e intereses que los incapacitaba para apreciar el don que se les hacía.
- Desgraciadamente, esta puede ser también la causa del desdén que hoy encuentra el Señor, por parte de tantos, incluso bautizados, a los que Dios llama con tanto amor, por la vocación cristiana, al gran festín del Reino de los Cielos, en el que el Señor quiere satisfacer nuestras aspiraciones más ambiciosas de felicidad y, lamentablemente, tantos y tantos hombres, ofuscados por los efímeros bienes de esta vida, en los que pretenden colmar sus profundas ansias de felicidad, menosprecian con desdén la amorosa invitación divina.
2ª) Universalidad de la llamada.
- El Señor también, nos quiere recordar, a través de la Parábola, (tanto por las reiteradas llamadas que hace el Rey, como por la diversidad de personas a las que convoca), que la vocación cristiana, esa invitación al festín del Reino de los Cielos, es una llamada universal e indiscriminada. Su Reino no es exclusivo de ningún pueblo, raza…, o exclusiva de los hombres de una época:
- Ni tenían entonces la exclusividad de la salvación el pueblo judío.
- Ni la tienen hoy los católicos. ¡Dios quiere que todos se salven!.
¡Todos los hombres estamos invitados! ¡Las puertas del Reino están abiertas para todos!, como lo proclamó solemnemente el Concilio Vaticano II.
3ª) Todos los cristianos llamados al apostolado.
- Finalmente, el Señor, (a través aquellos servidores del rey) nos recuerda que, esa llamada, no es sólo un derecho a participar en su banquete, sino que incluye también la obligación de ser portadores, propagadores de esta invitación de Dios y de hacerla llegar a cuantos nos encontremos en los “cruces de nuestros caminos”: A las personas con las que nos relacionamos y desconocen esta invitación de Dios a la plenitud de la Felicidad.
P.Arenas
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